En
la película Medianoche en el jardín del
bien y del mal, el personaje Jim Williams, interpretado por Kevin Spacey, asevera:
la verdad, igual que el arte, está en el
ojo del que la mira. Tú cree lo que quieras, y yo creeré lo que sé. Me
serviré de esta frase como punto de partida de un contenido polémico que seguidamente
paso a exponer.
Ha
terminado la Liga española con el beneplácito de unos y otros a pesar de que parte
de su desarrollo no ha sido más que una mascarada. Se ha ofrecido al mundo
entero una emoción enlatada que, tanto los periodistas como los aficionados, se
han zampado como si estuviesen comiendo en el mejor restaurante de la Guía Michelin.
Que
nadie de la tropa periodística que pregona sin parar noticias y chanchullos
deportivos como si fuesen catedráticos, no haya sido capaz de insinuar siquiera
una duda ante lo que se estaba viendo, es la señal evidente de su nula capacidad
crítica.
En
la Liga española, en la temporada 2020-2021, se ha llevado a cabo un pacto que
beneficiaba a todos los integrantes del negocio del fútbol patrio, un win-win en toda regla, con algún efecto
secundario indeseable: apostantes que por un guión establecido no tenían
ninguna posibilidad de que su apuesta resultara ganadora.
Napoleón
Bonaparte escribió en la última página de su ejemplar de El príncipe, que el fin justifica los medios. En una época de
supuesta pandemia, con una crisis económica galopante, con los restaurantes
cerrados por la noche, sin pubs, sin asistencia a los estadios de fútbol, etc.,
el Gran Hermano peninsular ha llevado la emoción a nuestras casas y, de paso, ha
aumentado la audiencia de la Liga española, tanto en España como en el resto
del mundo, mediante un Soma puesto al
alcance de todos, una droga que permite olvidarse de los problemas diarios y
evadirse de la dura realidad.
Podría
enumerar muchos más ejemplos a los ya mencionados en el anterior artículo, La verdad oculta, pero para hacerse una
buena idea del tinglado al que nos han sometido, solo hay que ver el resumen
del partido Atlético de Madrid-Osasuna.
Cuando
el Osasuna se adelantó en el marcador con el inesperado gol marcado por
Budimir, hay que observar la reacción inopinada de Savic, fuera de sí,
increpando al jugador osasunista. Habría estado bien que los avispados lectores
de labios hubiesen hecho el intento de entender lo que se decían. Claro que es
razonable pensar que utilizaran el serbocroata para esta disputa tan extraña.
Después
del gol del Osasuna, poniéndose 0-1 en el marcador, faltando un cuarto de hora
para terminar el partido, podría parecer que toda mi teoría de la conspiración
se iría al garete, pero era tal mi convencimiento, corroborado durante varias
jornadas en las que expuse lo que ocurriría en diferentes partidos a mi gente
más cercana, que esbocé una sonrisa y no tuve ni la más mínima duda de que el
Atlético ganaría el partido.
Los
goles del Atlético no tardaron en llegar, aprovechando pasadizos muy oportunos
en el gol del empate, y con un equipo paralizado dentro de su área permitiendo
el segundo gol.
Para
disipar alguna duda que pueda haber, solo hay que ver el segundo gol del
Atlético contra el Valladolid, con el pase absurdo del jugador del Valladolid,
Guardiola, para dejar a Suárez solo ante el portero y así marcar el gol de la
victoria atlética, sellando de manera merecida su condición de campeón.
Esta
última afirmación puede parecer una contradicción atendiendo a lo comentado
anteriormente, pero en modo alguno lo es. En este juego de bandidos, no es
necesario que abra todas las puertas, pues es fácil deducir lo que hay detrás
de cada una de ellas.
En
este simulacro a cuatro bandas para disputarse el título -Real Madrid, FC
Barcelona, Sevilla y Atlético-, se ha llegado a tal punto de insensatez que el
cuestionado Koeman lo está, no tanto por haber perdido una Liga que no podía
ganar, insisto en eso, que no podía ganar; sino que lo está por no haber sido
capaz de representar junto a sus jugadores, un intento más o menos épico de
querer ganarla, tal y como sí ha hecho el Real Madrid de Zidane.
De
tal modo que ahora nos encontramos con un Real Madrid que ha parecido que
quería ganar la Liga y que a partir de la extraña actuación del VAR en su
partido contra el Sevilla, puede justificar no haberla ganado por razones
extradeportivas. En la capital se le pone un notable a la temporada del Real
Madrid a pesar de no haber ganado ningún título. El hecho de haber llegado
hasta las semifinales de la Champions y disputado la Liga hasta el último minuto,
les otorga la condición de equipo que nunca se rinde y que si no gana, al menos
cumple con lo que se espera de ellos.
El
FC Barcelona, en cambio, desde la convocatoria de la plantilla, con sus
mujeres, en casa de Messi, -el lunes 3 de mayo, pocos días después de haber
perdido en casa con el Granada, con la surrealista alineación de Koeman el día
que podían ponerse líderes-, una convocatoria que según los medios de
comunicación cegatos fue para conjurarse ante las jornadas decisivas de la
Liga, cuando en realidad fue para despedir la temporada oficial antes de afrontar
el paripé contra el Atlético y los sucesivos partidos.
Fue
tal la desidia mostrada por el equipo -contra el Granada, Atlético, Levante y Celta-, incapaz de
representar con nota la farsa prevista, que la totalidad de aficionados y
periodistas les han acusado de tirar la Liga y de tener una actitud poco
profesional, cuando de lo único que son culpables es de no haber escenificado de
manera adecuada el guión establecido.
Que
un buen profesional como Ricard Torquemada expresara desde los micrófonos de Catalunya Ràdio, que el partido que jugó
el Barça contra el Levante ha sido el partido que le ha dejado más
desconcertado desde que hace las retransmisiones del FC Barcelona, denota el
lamento de un hombre honesto que no ha sido capaz de levantar la vista y
observar el horizonte, un hombre al que le falta muy poco para romper el
cristal azulado que endulza la verdad.