martes, 31 de enero de 2023

ECOS DEL PASADO

Hace unos días tuve la oportunidad de coincidir en la Plaça de la Porxada de Granollers con un antiguo compañero de escuela, de cuando teníamos entre diez y doce años.

Pasadas unas décadas sin haber vuelto a coincidir, mi primera impresión fue la de estar viendo a un hombre absorto, muy ajeno al bullicio de un día de mercado. Tuve la duda de si sería buena idea interrumpir su paseo por los márgenes de la abstracción, pero finalmente me decidí a abordarlo. Me puse detrás de él y dije su apellido:

-¡Suárez!

Si bien yo le reconocí enseguida, él tuvo unos segundos de incertidumbre, hasta que al nombrar el colegio al que íbamos, acertó con mi identidad.

Recordamos a antiguos compañeros de escuela -unos cuantos ya se han adelantado en la ruta hacia lo desconocido-, los partidos de balonmano, con el entrenador Alejandro Viaña -una leyenda del BM Granollers en la década de los sesenta-, cuando me invitó a su casa un par de veces para jugar con el Scalextric. También surgieron los nombres de algunos profesores, la mayoría finados.

Al despedirnos nos dimos la mano, probablemente fue nuestro último adiós. Fue entonces, al verlo desaparecer por una de las calles que desembocan en la Porxada, cuando recordé algo que ocurrió en nuestra infancia, algo que en aquel momento me sorprendió pero que olvidé en unos segundos, y que después de décadas sepultado en mi memoria, apareció súbitamente en el micro espejo de uno de los panales que conforman la colmena de mi mente, provocando -ahora sí- una marea de admiración.

Una tarde de junio, saliendo de la escuela, propuse a Suárez y a Ferrero ir al entrenamiento de los infantiles del Atlético del Vallés, en las instalaciones que desde 1958 tienen al lado del paseo fluvial del Congost.

Llegamos antes que nadie y nos pusimos a jugar en una de las porterías, haciendo pases y chutando.

Suárez era un chico alto y grueso, poco apto para deportes de velocidad. En el balonmano cumplía en su labor de central-lateral por su envergadura, pero el fútbol no era el mejor deporte para sus características.

No obstante, pronto nos quedamos asombrados de su chut, con disparos muy potentes y bien dirigidos.

En un rechace de Ferrero que estaba en la portería, el balón salió fuera de banda, cerca del banderín de córner. Suárez fue a buscarlo, y por vez primera en su vida, lanzó un saque de esquina en un terreno de juego con las medidas oficiales.

Suárez no entendía de sutilezas, ni de elipses ni de parábolas. Así que puso el balón en el cuadrante del banderín, para pegar un trallazo que se coló como una exhalación en la portería, en una línea recta prodigiosa, golpeando el balón  debajo del larguero, en el punto más cercano al primer palo, con un fuerza inusitada.

Nos quedamos pasmados, aunque no ha sido hasta hace unos días, al recordar aquel momento, cuando soy plenamente consciente del portento del que fuimos testigos con doce años de edad. Ninguno de los tres teníamos la capacidad para valorar con detenimiento lo acaecido, tanto por nuestra falta de experiencia como por la celeridad de los acontecimientos en la vida de un niño.

No hubo más testigos que Suárez, Ferrero y yo. Sin tiempo de reflexionar y comentar sobre lo que habíamos visto, ya nos estaban llamando por si queríamos participar en el entrenamiento, una nueva aventura que dejaba atrás cualquier suceso anterior, por muy extraordinario que hubiese sido.

La infancia es un río apresurado en el que prevalece la motivación de jugar e imaginar. Es una época de la vida en la que los milagros revolotean a su alrededor pero que casi nadie es capaz de percibir.

 

lunes, 16 de enero de 2023

SI NO TIENES NADA QUE DECIR, DILO EN CATALÁN

Hasta hace poco más de una década, Girona era mi ciudad sentimental. Por muchos recuerdos, por sus librerías, por su aroma, por sus calles, por sus viejos bares, también por sus gentes, cívicas y amables.

Con el paso de los lustros, lo que llaman progreso, fue  cambiando su faz y, por poner un ejemplo, donde antes había una mercería de más de cincuenta años, en unas semanas una boutique de ropa, iluminada por docenas de luces, ocupaba su lugar. No obstante, Girona seguía guardando su esencia, su encanto, a pesar de una retirada constante de lo añejo que iba siendo sustituido por bares de moda, hotelitos para turistas y tiendas de diseño.

Incluso las farolas, con su luz amarillenta, fueron reemplazadas por modernas técnicas de alumbrado, que con sus destellos dieron una iluminación intensa a plazas antaño tenebrosas y llenas de misterio.

Año tras año, fui comprobando la invasión de una nueva realidad, la constatación de un mundo cambiante que se hacía cada vez más presente en Girona. Con mis intermitentes enojos, fui capaz de adaptarme a la situación, sin que ello alterase mi fidelidad a la ciudad.

Hasta que llegó la nube negra cargada de un virus terrible, el virus de la idiotez que ha calado hasta los huesos a muchas de las buenas gentes de Girona, que sin darse cuenta -es lo que tiene la idiotez- han sucumbido a una ideología que lo único que ha conseguido es separar a los catalanes.

En Girona incluso se da la circunstancia de que la exposición de una bandera no siempre es del todo espontánea, pues en edificios nobles de la ciudad, todas las estelades son iguales y están situadas en la misma posición, guardando una simetría que hace más opresiva su presencia.

Fue en este frenesí independentista cuando el Girona FC alcanzó su mayor éxito deportivo: el ascenso a Primera División.

Desde julio de 2021, Míchel es su entrenador. En su primera temporada consiguió de nuevo el ascenso a Primera, y en la actual temporada, fue capaz de hacer jugar como los ángeles al Girona FC, en el Santiago Bernabéu, con un planteamiento valiente, desplegando un juego magnífico, por el que sentí admiración, empatando a uno contra el Real Madrid, incluso mereciendo la victoria.

Analizando su fútbol, creo que es de los mejores equipos en la zona de tres cuartos del campo, aunque debe encontrar el mecanismo para que el cerrojo defensivo sea más eficaz.

Míchel parece inteligente y enseguida advirtió que una condición que sumaría en su balance sería su integración en Girona, tanto social como a nivel lingüístico. Humilde y respetuoso, a los seis meses de su llegada ya contestaba alguna pregunta en catalán.

La posibilidad de aprender un nuevo idioma siempre hay que valorarla como algo positivo, aunque en el caso concreto de Míchel podría ejercer su trabajo de entrenador utilizando solo el  castellano, viviendo al margen del catalán. Muchos catalanes en general y  gerundenses en particular, con que fuese capaz de decir, bon dia, bon nadal, bon any i Girona m’enamora, sería más que suficiente -algo que nunca consiguieron de Messi, lo que explica cierta frialdad a la traición que sufrió-. Pero no ha sido el caso de Míchel empeñado en tomar clases de catalán.

Es en esta cuestión donde radica el problema: Míchel ya es competente para entender las preguntas en catalán y de contestarlas en el idioma normalizado por Pompeu Fabra. Lo lastimoso es que mientras busca las palabas y las va soltando, te das cuenta que no son más que una retahíla de tópicos, que casi es como si nada dijera. Pero claro, qué más da lo que diga si lo dice en catalán…

Se ha llegado a un punto tal de estupidez que se valora más su esfuerzo por hablar en catalán que el contenido de su discurso. Míchel es un hombre que se maneja muy bien con en castellano, capaz de hablar de táctica de modo elaborado, de tener respuestas vibrantes y agudas, pero está atrapado por la obscenidad del entorn.

Hay que alabar la voluntad de Míchel por impregnarse del catalán, pero justamente este gesto le supone ahora una limitación expresiva. Lo que ha sido un gesto de respeto por parte de Míchel se ha convertido en un encierro mental lingüístico e ideológico.

 

viernes, 6 de enero de 2023

UNA COPA Y UN CAFÉ

Lo observado en los últimos tiempos le había producido una extraña sensación en la manera que percibía el fútbol de élite. Aquella ilusión y seguimiento incuestionado de su club favorito de siempre, incomparable sensación de compañía y agradable distracción que le había acompañado toda su vida, había dado lugar a otro tipo de planteamiento, cercano al hastío, inimaginable tan sólo cuatro años antes.

Durante este tiempo, había incorporado un aprendizaje de nuevo cuño, que en cierta medida implicaba seguir y analizar los resultados de las competiciones de otro modo, sin ningún entusiasmo, en el cual destacaba una percepción teñida de escepticismo y estupefacción.

El desarrollo de la pasada Copa Mundial en Catar, de manera muy ilustrativa, le había mostrado que la probabilidad de que estuviese en buena parte amañado a la carta, a favor de la selección argentina, era muy plausible, para nada algo estrambótico.

Las decisiones arbitrales en relación a los penaltis pitados a favor de Argentina, en las rondas eliminatorias, allanándole el terreno por si acaso, así como el nada transparente uso del VAR en relación a la arbitraria amonestación y uso de tarjetas, baste mencionar el furioso balonazo del jugador argentino contra el banquillo neerlandés, se antojaban claramente inverosímiles a sus ojos. Las suspicacias no aparecían de la nada, sin duda. Y venían de lejos.

A nivel más general, parecería como si se hubiera entrado de lleno en una nueva época de simulacro audiovisual con el espectáculo como finalidad máxima, sin parangón en la historia. La globalización, devenida ya el modo de producción y distracción del globalismo occidental imperial, se mostraba al mundo con todas sus credenciales.

Mientras le daba vueltas a lo acontecido en Catar, el campeonato liguero había vuelto en medio de las fiestas navideñas. Mientras deambulaba por las calles ajetreadas de la urbe en la que residía, encontraba un fugaz placer introduciéndose en las cafeterías en las que aún se podía encontrar prensa escrita, deportiva, algo que le seguía brindando un cotidiano brevísimo placer, a pesar que, a raíz del pánico hipocondríaco de naturaleza covidiana, se había vuelto más complicado de llevar a cabo, no fuera que el virus estuviera latentemente incrustado en las hojas del periódico recién impreso al amanecer.

En medio de aquellos vaivenes, suspicacias y sensación de hartazgo, se regocijaba saboreando el delicioso café, dándose cuenta que, gracias a la eliminatoria de los dieciseisavos de final del campeonato de Copa, en la que su equipo de antaño estuvo cerca, por momentos, de ser apeado, que de manera fugaz había recordado, periódico de papel en mano, la gracia y atractivo del factor sorpresa, el mayor de los placeres que el deporte podía llegar a dar a cualquier seguidor del deporte que se preciara. El hat trick del joven Soldevila quizás no había sido tan en vano como podría, a priori, parecer.

Bienvenida Copa de su Majestad el Rey, pensó burlonamente, mientras apuraba el último sorbo del exquisito café.

 

UNA CENA MUY ORIGINAL

Los integrantes de masalladelgol-colectivopessoa , seudónimos anónimos agazapados detrás de heterónimos invisibles, hemos llegado a la con...