jueves, 18 de marzo de 2021

JAQUE AL FÚTBOL

Ya quedan atrás los tiempos en que los árbitros eran denominados trencillas e iban con una indumentaria más propia de la servidumbre que la de un juez con mando en plaza.

Con el paso del tiempo se les condonó en algo el vasallaje y pasaron a ser denominados colegiados. Para entonces ya iban con un atuendo negro, en una anunciación luctuosa de malos presagios.

Guardo en la memoria su manera de corretear por el terreno de juego, muchos de ellos denotando que se hicieron árbitros porque no podían ser practicantes de ningún deporte, con un trote cochinero que les distinguía, con aspecto desvencijado, con el pantalón demasiado ajustado -en la mayoría de los casos por unas anatomías forjadas en los restaurantes de cada ciudad donde iban a arbitrar-, y sabedores que eran el crisol semanal en el que incidían todas las escorias sociales.

En definitiva, del mismo modo que en una rueda de reconocimiento casi siempre se acierta con el delincuente, si hubiese que identificar a los árbitros de décadas pasadas, el porcentaje de acierto sería muy alto. Su tipología les hacía acreedores de una categoría indiscutible en la clasificación de los individuos.

Fue en el Mundial del año 1994, celebrado en Estados Unidos, cuando los árbitros cambiaron el ropaje de duelo por un arco iris de colores. Desde entonces, de manera lenta y constante, el mundo arbitral ha conseguido dar un giro a su precaria situación; han pasado de ser los parias, los aporreados sin clemencia, a convertirse en una casta dispuesta a infligir un daño mayúsculo al fútbol. Son el caballo de Troya infiltrado en el mundo del fútbol.

Muchos árbitros son apolíneos, metrosexuales, atléticos, capaces de correr más y mejor que algunos jugadores. Hasta aquí nada que objetar. El árbitro ya no es aquel ser al que nadie respetaba, objeto de burla durante las veinticuatro horas del día. Es probable que el grado de sumisión de aquellos hombres de luto, expuestos a la mazmorra pública, haya mutado hacia dominantes alfa, hombres seguros de sí mismos, hijos de esclavos con aspiraciones de llegar a la presidencia.

En cualquier caso es justo reconocer el mérito de haber dado la vuelta a una condición humillante, aunque la cruz de la moneda esconde algo fundamental: la capacidad intelectual y moral de los dirigentes arbitrales es inversamente proporcional a su nueva condición.

Tiempo atrás, cualquier decisión errónea de un colegiado podía justificarse por su atolondramiento ante una grada enfervorizada, o por no haber visto lo que casi todos habían observado. Era el error arbitral, el error humano que había que aceptar, un mal menor que en una competición daba y quitaba sin mala intención. Eso decían, aunque muchos sabíamos que en demasiadas ocasiones el argumento era falso.

Con la llegada del VAR, todos los que éramos sabedores del fraude arbitral llegamos a pensar que las maldades oportunas se iban a terminar. Han pasado los meses y asistimos atónitos a la manipulación del VAR, habiéndose llegado a tal nivel de abyección que ya he cerrado el televisor varias veces, prefiriendo dejar de ver el partido antes que dar veracidad con mi condición de telespectador a las fantochadas arbitrales.

La retahíla de jugadas absurdas que terminan siendo decisivas por las decisiones tomadas desde el VAR jornada tras jornada, han convertido el fútbol en una secuencia de disparates, tales como penalizar cualquier leve contacto, cuando el fútbol siempre ha sido un deporte de contacto.

Se ha perdido la decencia, el sentido del juego, el respeto al aficionado y la cordura. Que un grupo de grumetes se hayan apoderado del trasatlántico del fútbol para imponer sus sandeces de acuerdo a sus intereses, preferencias o malas interpretaciones del juego es lamentable.

En sus decisiones absurdas han arrastrado a los jugadores a pervertir todavía más el juego, de manera que ahora nos encontramos con constantes simulaciones de agresiones, de faltas, con exageraciones al mínimo contacto, sembrando la duda en el árbitro que con la ayuda del VAR decidirá cualquier estupidez.

El árbitro ya no se equivoca, pues tiene la espalda protegida por el VAR, gente de su misma calaña que mañana estarán en el terreno de juego mientras que su relevo en la sala VOR será tomado por otro compañero. Es un mundo endogámico, de compinches, que han encontrado la llave que les ha permitido crear un mundo paralelo y corromper el fútbol.

Hasta que el VAR no sea dirigido por gente profesional ajena al mundo arbitral, el fútbol vivirá un constante simulacro de competición, no será más que una elaboración edulcorada y de mal sabor, un sucedáneo del magnífico elixir que es el fútbol cuando se juega y regula de manera honesta y cabal.

El Gran Hermano de Orwell ha llegado al fútbol: las cámaras lo ven todo y los que habitan en la sala VOR analizan y deciden lo que van a mostrar, de tal modo que el sesgo de sus decisiones tienen la apariencia de justicia, pero en realidad es una exhibición de falsas verdades, de mentiras piadosas y de verdades a medias.

En conclusión, han convertido una herramienta que podría haber sido muy positiva para aplicar justicia en el fútbol, en un capricho de dementes que por el hecho de haber llegado hasta el altar están cerca de creerse dioses.

 

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